Su infancia galopaba a toda prisa por los recuerdos de una vida más inerte que la propia inexistencia. Dedicó todos sus días a la compraventa de productos oxidados, enmoheciendo sus ilusiones en cada atardecer. Compraba miseria robada al anochecer y madrugaba para vender los restos infames de aquellos ridículos objetos, mientras veía como las canas le resbalaban por sus mechones negros, inundando de vejez sus ojos cansados, sus arrugas mal trazadas.
Todo lo que sabía de sí misma era que siempre había estado ahí.
Todo lo que sabía de sí misma era que siempre había estado ahí.

